Estado educador y estado cultural: un dilema francés sin resolver. Marc Fumaroli.


Estado educador y estado cultural: un dilema francés sin resolver. Marc Fumaroli.

 

Partiendo de las premisas de lo inútil que ha sido para la creación cultural en Francia los aparatos ministeriales puestos en danza desde el ministerio de cultura inaugurado por  De Gaulle con Malraux a la cabeza en 1959, Fumaroli propone una idea nada novedosa: de nada sirve un ministerio de cultura sin no se dispone de un buen ministerio de educación.

Traza un recorrido histórico de la palabra y concepto de cultura – desde la primera acepción asociada al cultivo – hasta la última conceptualización sociológico-antropológica realizada por las tendencias últimas intelectuales norteamericanas, identificando a aquélla con los medios y modos de ser y sobrevivir de sociedades enteras en un marco concreto.

Se detiene en Francia, claro, pero Fumaroli no tiene empacho en hacer patria repitiendo que su país ha sido el primero en estrenar esta clase de instituciones culturales, con sus inevitables actividades adyacentes, así como tampoco duda en reiterar la exportación que se ha venido haciendo de tales entes y actividades a los demás países, primero del entorno y luego de ultramar.

El artículo es modesto y austero, aunque nada novedoso. Las premisas están bien trazadas, y son básicas, quizás porque la conclusión resulta tan evidente que no hace falta recargar de hecho (solo una breve exposición histórica) el presupuesto de la inferencia:

Para que la cultura llegue a ser patrimonio de los franceses, no sólo en el ámbito pasivo de la contemplación y el deleite, sino también en el aspecto activo creativo y dialéctico, ha de instruirse a los franceses sobre cuál ha de ser este patrimonio , y educarlos para que contribuyan a preservarlo y enriquecerlo.

No, por supuesto, por medio de instituciones restrictivas que encarecen y dirijan mediante un intervencionismo feroz la obra maestra a la consecución de sus propios intereses espurios, sino interviniendo solo lo justo para regular un mundo frágil y fácilmente manipulable.

Ejemplifica esto último poniendo en el tapete los instrumentos actuales de potencial tan diverso, enriquecedor y a la vez tan perverso: el DVD y , en especial, Internet.

 

 

Partiendo de las premisas de lo inútil que ha sido para la creación cultural en Francia los aparatos ministeriales puestos en danza desde el ministerio de cultura inaugurado por  De Gaulle con Malraux a la cabeza en 1959, Fumaroli propone una idea nada novedosa: de nada sirve un ministerio de cultura sin no se dispone de un buen ministerio de educación.

Traza un recorrido histórico de la palabra y concepto de cultura – desde la primera acepción asociada al cultivo – hasta la última conceptualización sociológico-antropológica realizada por las tendencias últimas intelectuales norteamericanas, identificando a aquélla con los medios y modos de ser y sobrevivir de sociedades enteras en un marco concreto.

Se detiene en Francia, claro, pero Fumaroli no tiene empacho en hacer patria repitiendo que su país ha sido el primero en estrenar esta clase de instituciones culturales, con sus inevitables actividades adyacentes, así como tampoco duda en reiterar la exportación que se ha venido haciendo de tales entes y actividades a los demás países, primero del entorno y luego de ultramar.

El artículo es modesto y austero, aunque nada novedoso. Las premisas están bien trazadas, y son básicas, quizás porque la conclusión resulta tan evidente que no hace falta recargar de hecho (solo una breve exposición histórica) el presupuesto de la inferencia:

Para que la cultura llegue a ser patrimonio de los franceses, no sólo en el ámbito pasivo de la contemplación y el deleite, sino también en el aspecto activo creativo y dialéctico, ha de instruirse a los franceses sobre cuál ha de ser este patrimonio , y educarlos para que contribuyan a preservarlo y enriquecerlo.

No, por supuesto, por medio de instituciones restrictivas que encarecen y dirijan mediante un intervencionismo feroz la obra maestra a la consecución de sus propios intereses espurios, sino interviniendo solo lo justo para regular un mundo frágil y fácilmente manipulable.

Ejemplifica esto último poniendo en el tapete los instrumentos actuales de potencial tan diverso, enriquecedor y a la vez tan perverso: el DVD y , en especial, Internet.

 

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